el faro, puerto escondidoEl faro de Puerto Escondido, desde el andador escénico.

Puerto Escondido 1994: el faro dijo hasta pronto

Era enero de 1994 y yo me recuperaba de un accidente automovilístico. Mi pareja llegó a casa un lunes y tontamente  me preguntó si podría ir a algún lugar cálido por un par de semanas. Ese viernes ya estábamos camino a Huatulco en un vuelo de última hora, ¡$359 dólares, todo incluido! Poco después de haber llegado a Huatulco oímos de un pueblo llamado Puerto Escondido y de unas lagunas excelentes para la observación de aves,  a una corta distancia siguiendo la carretera.

Fuimos afortunados al encontrar otras dos parejas y juntos rentamos una camioneta y un conductor que nos llevara. Salimos de Huatulco muy temprano por la mañana y llegamos a Zicatela para el desayuno.

El Santa Fe estaba allí, igual que el edificio donde estaba el viejo Art and Harry’s. Aparte de eso la mayoría eran pequeños restaurantes de palapa y cabañas con pocas estructuras de concreto. Después de una comida de frijol, huevo y tortillas mientras veíamos a los surfistas, nos pusimos camino a Chacahua.

Fue un día memorable paseando por la laguna en una pequeña lancha, viendo los cocodrilos y una asombrosa muestra de aves espátula rosada. Pasamos tiempo en una playa desierta donde no había nadie más que una pareja mayor quienes cocinaron un poco de pescado fresco, cebollas y jitomates y nos ofrecieron cerveza fría de la hielera y un coco con popote. Tenían poco pero se tomaron la molestia de asegurarse de que la pasáramos bien.

El sol estaba por ponerse cuando regresamos a Puerto Escondido. Nuestro conductor nos llevó a donde es ahora el Posada Real y fue allí que vimos nuestra primera puesta de sol de Puerto, con la magnífica vista de playa Bacocho al fondo.

La cena fue en la Sardina de Plata que estaba del lado norte del Adoquín, con vista calle abajo. Nos dijeron que sólo había un pescado para cenar. Nos sentimos algo decepcionados pero el mesero declaró que no había problema. Poco después un cocinero orgullosamente trajo un enorme huachinango. Con eso bastaría, estuvimos todos de acuerdo. Lo fileteó y cocinó y hubo más que suficiente pescado para todos.

Esa noche el Adoquín cobró vida. Vendedores con cosas que ya no se ven y mucha música. La atracción más interesante era un hombre que estaba sentado de piernas cruzadas en la calle, rodeado de un gran número de bolas huecas de diferentes formas con hoyos en la parte de arriba. Un gran talento, pero no he visto al hombre desde entonces.

Ya estaba obscuro cuando salimos de Puerto Escondido camino de regreso a Huatulco. A medida que subíamos la colina afuera del pueblo volteamos atrás para ver las luces. El faro centelleó. Parecía un guiño que decía no adiós sino hasta pronto. ¡Estábamos enganchados!

—Linda Gordon

 

Media credit: Mane Rosales